15.7.08

Adiós...el último adiós...

Hallelujah...en la voz de Jeff Buckley...mi adorado Jeff...
Digo adiós y me marcho y mi cuerpo se marchita, poco a poco.
Día a día.
Doy la vuelta y alzo el vuelo cuando las palabras son sólo recuerdo.
Viviendo muerto, muriendo vivo, pero recuerdo al fin y al cabo.
Retumba, estremece la melodía y calla el fervor.
Un aplauso, otro y un último.
Colores, risas, brindis.
Un poco de llanto, melancólico con sonrisa y ojos de orgullo.
Son sólo pocos momentos, pero la vida al fin y al cabo es larga.
Digo adiós y me marcho, parto de aquí y quién sabe si volveré.

14.7.08

La cajita de música

¿Dónde guardaste la cajita de música?
La rompí, mi único deseo era destruirla, acabar con aquella dichosa melodía que acompañó mis noches de lujuria y mis días de insomnio. Era inevitable, tenía que acabar así y el destino quiso que fuera yo el ejecutor y aquella vieja caja de latón la víctima.
No obstante en estos momentos siento el vacío, su perdida creo que significa algo más, de vez en cuando me sorprendo tarareando la música que emanaba del cubo.
Decía algo así...

9.7.08

Los chicos del barrio V

Aquel día el Instituto amanecía con un fuerte olor a combustible, en esa época llamábamos a todo tipo de combustible gasolina, en los videojuegos ponía OIL.
Los "vascos" eran los hijos del conserje y no podían decirnos que había pasado exactamente. Pronto el rumor se extendió, varias radios, varias televisiones, mucho periodista suelto y poca información. El Instituto había sufrido un intento de atentado, y digo intento porque los aprendices de terroristas erraron y en lugar de gasolina utilizaron otro combustible que no prendió, curioso.
¿Quién querría incendiar el Instituto?
Se descubrió a los pocos días, el "cornudo", su siniestra novia y su hermana. El "cornudo" no nos caía bien, pero de ahí a ser el enemigo público número uno...su novia tenía morbo, mirada intrigante e inteligente y un buen cuerpo, su hermana era una simple cría.
No supe nada más de ellos, tampoco tenía relación pero fue genial el decir que mi instituto había estado a punto de ser incendiado.

7.7.08

Los chicos del barrio IV

- Ahora, bésame los pies.
- No…
- ¿Cómo? He dicho que me beses los pies.


Sólo había entrado a orinar y el adolescente Diego se encontró con tal panorama. Ya de por sí era raro que el baño estuviera abierto al público, desde que podía recordar había estado cerrado sobre todo después del incidente con el “Trompetista” que en medio de un examen de inglés había sufrido un ataque de diarrea, el “Trompetista” avergonzado trató de ocultar el terrible suceso pero el olor, maldito traidor, le apuntó con el dedo inquisidor y huyó aterrorizado al entonces abierto baño. No se sabe cómo pero al día siguiente el baño amanecía con sus paredes llenas de pinturas en tonos marrones que ni el mismo Dalí se hubiera atrevido a adornar. Por supuesto el baño se cerró entonces.

- Venga o te tendré que meter un par de hostias.

Nunca había visto al “Andaluz” tan cabreado y lo único que quería el adolescente Diego era apaciguar la presión de su vejiga, era ahora o nunca. Finalmente hubo beso.

- Y ahora besa el pie del Cholo.

El adolescente Diego tuvo que aceptar era eso o sufrir una suerte parecida a la del “trompetista”. Puso el pie en alto para que seguidamente fuera besado por un humillado “Fachita”, el que ese curso había sufrido los ataques de medio Instituto. Ya entonces existía el bullying, pero entonces no había móviles con cámara.

Yo, para que no me juzguen solamente era un chico que se estaba meando encima.

2.7.08

Los chicos del barrio III

Era bastante singular, jugaba a la pelota mejor que nosotros, los futuros pecadores. Eructaba también más y mejor; escupía lejos, lejísimos y pegaba, pegaba duro.
Era el prototipo de pene hasta que un día dos formas abultadas nos dijeron lo contrario, en el fondo nos empezaban a causar sensación: "a la machote le han salido las tetas".
La mirada del niño también había envejecido pero se mantenía juguetona y curiosa, muy curiosa. Aquel día los cantos de las sirenas madres sedujeron temprano a los hijos llevándoles engatusados a sus casas por el olor de tortilla de patatas, salchichas y otros alimentos.
El niño viejo la agarró del brazo, quédate, y tras un forcejeo suave y unos pausados puñetazos la machote aceptó. Cruce de besos, de proposiciones y un pene juvenil duro como el diamante. El suave tacto de sus formas, el aliento del deseo precario.
Fue de las últimas veces que pude hablar con la machote, la siguiente vez fue un tórrido encuentro en el ascensor, la última hace un año de la mano de su hijo.

1.7.08

Los chicos del barrio II

Caminábamos despacio, rodeando el nuevo pabellón y decíamos: "Mamá esta tarde hemos recordado viejos tiempos". Viejos tiempos, con doce años...
El "rubio" apuntaba cierto amaneramiento que finalmente no salió a la luz, el "orejón" simplemente se quedó en esa pequeña estatura y a día de hoy no se si come carne o pescado, la "machota" cría a su hijo de ocho años, ella solamente tiene veintitrés...
Caminábamos despacio, reitero, muy despacio, viendo la vida pasar, sin pensar en el futuro, en los labios que besaríamos, en los pechos en los que descansaríamos. Aquella es la última tarde que recuerdo rodeado de los chicos del barrio, ese día nos volvimos ancianos y las palabras y los juegos se escaparon lejos dejando única y exclusivamente un grato recuerdo.